El Yo frente a la Unidad: apuntes sobre psicología profunda

Actualizado: 7 mar


¿Existen las casualidades? ¿Puede nuestra existencia ser un cúmulo de accidentes fortuitos y condenados al mero azar? Ya sea el caso de habernos planteado este tipo de preguntas alguna vez en nuestra vida o, por el contrario, ni siquiera haber reparado en ellas, resulta evidente que no se trata de asuntos baladí. El ser humano ha reflexionado sobre el misterio de la vida desde que tenemos memoria, y no hemos cejado en el empeño hasta el día de hoy. Si algo representa y diferencia al género humano del restos de seres vivientes es su inherente angustia vital. Heidegger llegaría a formular su particular concepto de Angst, el cual designa el estado que sobreviene en el darse cuenta de la existencia del Dasein (ser-ahí), cuyo rasgo fundamental es el de un arrojamiento al tener que ser.


A lo largo de la diáspora terrestre, y durante diferentes épocas históricas, se trató concienzudamente de dar respuesta al sentido de la existencia o, por ineficacia de la primera propuesta, dotarla al menos de significado. Desde el tiempo de los egipcios hasta el apogeo de la civilización grecorromana, pasando por el surgimiento de las religiones monoteístas; el ser humano siempre ha canalizado su por qué de ser en el mundo con la generación de relatos mitológicos, de mayor o menor sofisticación, pero historias al fin y al cabo; que se transmitían de padres a hijos y que tenían como fin la explicación de la realidad. Ahora bien, podemos abordar la misma cuestión de la existencia misma desde otra pregunta que, dando una vuelta de ciento ochenta grados, trata el asunto de forma más incisiva si cabe: para qué.


Podríamos caer en el error fácil de estimar vacuo este cambio de perspectiva, sin embargo conlleva mucho más de lo que se intuye a primera vista. El desarrollo del por qué otorga al sujeto elucubrador de una posición estática frente al conocimiento, fomentando de esta manera una frustración y sentimiento de impotencia en el individuo. Por el contrario, sumergirnos en el para qué nos puede brindar numerosas oportunidades de autoconocimiento y toma de responsabilidad para consigo mismo y los demás, atrapando desde el inconsciente al consciente los pensamientos y transformándolos en actos. Puro ensayo-error, relación causa-efecto. El abanico de posibilidades que ofrece esta manera de afrontar la existencia puede compararse con el funcionamiento, en líneas generales, de la física cuántica; esta nos muestra que la "realidad es un campo de potenciales posibilidades infinitas", de las cuales solo se llegan a materializar aquellas posibilidades que terminamos contemplando y, por ende, aceptando. En los siguientes párrafos iremos desgranando esta idea, con el apoyo de textos y teorías de escritores y pensadores como Buda, Hermann Hesse o Carl Gustav Jung.

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Novela de Hermann Hesse publicada en 1922

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Hermann Hesse (1877-1962)















De una manera casi profética, estos tres personajes confluyen en la novela de Siddhartha, escrita por Hermann Hesse durante su estancia de varios años en la India. La admiración de este hacia la cultura de aquel exótico lugar y su relación con lo divino, ejemplificada en los textos sagrados del hinduismo como los Upanishad. Este término propio de la lengua sánscrita viene a significar "sentarse más bajo que otro para escuchar respetuosamente sus enseñanzas". Como veremos de aquí en adelante, y apoyándonos continuamente en extractos de Siddhartha, Hesse unifica en el protagonista de su novela -de nombre homónimo- las doctrinas espirituales de los sacerdotes ascetas, entre los que aparecerá Gautama Buda como "Ser perfecto" o también llamado "El Iluminado", y las teorías de Carl Jung que terminarían por sentar las bases de la psicología profunda, como la Ley de la Sincronicidad acuñada por el psiquiatra suizo a mediados del siglo XX. Pero antes de que entremos en el meollo de la cuestión, ¿De qué trata la novela de Siddhartha, qué hechos se nos narran y con qué fin?


La obra toma lugar en una India lejos de la contemporaneidad de su autor, donde se nos presenta a un joven Siddhartha sediento de conocimiento e impaciente por comenzar su periplo espiritual. Junto con su amigo de la infancia Govinda, marcha a los bosques con la intención de unirse a los samanas, monjes ascetas errantes, con quienes aprenderá cómo pensar, cómo ayunar y cómo esperar. Le mostrarán, tanto a él como a Govinda, el arte de la ensimismación para abrirle el conocimiento de la reencarnación y la conciencia de las cosas que pertenecen al mundo. Con el paso del tiempo, la llegada de noticias de la aparición de "El Sublime" -véase Buda-, los jóvenes samanas emprenderán una peregrinación hacia Jetavana para escuchar de primera mano la doctrina del maestro. Una vez allí, y después de constatar lo genuino de aquel ser llamado Buda, Govinda se unirá a los sacerdotes de "El Sublime", provocando así la toma de caminos diferentes por parte de los amigos.


Este acaba resultando un punto de inflexión para Siddhartha: haber rechazado a Buda. Más adelante en su vida, cuando haya aprendido a escuchar el río, verificará su acierto al haber seguido su propio devenir, pues será ahí justo cuando se dará cuenta de que nada sabe de su persona, que siempre ha sido instruido por maestros, predicadores de sus propias doctrinas:


Al abandonar el bosque donde había dejado a Buda, el Ser Perfecto, y a Govinda, Siddhartha sintió que entre esos árboles abandonaba asimismo su vida pasada, ahora desprendida de él. (...) Ya no era joven, constató, sino que se había convertido en un hombre. Constató asimismo que algo se había desprendido de él, como la piel vieja se desprende de las serpientes; que algo ya no existía más en él, algo que lo había acompañado toda su juventud, formando parte de su ser: el deseo de tener maestros y escuchar sus enseñanzas. Se había visto obligado a abandonar al último maestro que entrara en su camino, al más grande y sabio de los maestros, al más sagrado: Buda. Sí, se había separado de él, no había podido aceptar su doctrina.

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La sumisión a cualquier enseñanza o doctrina no hacía más que confirmarlo como una persona separada de todas las otras, aislada. El hecho mismo de ser Siddhartha. Durante su peregrinaje conocerá el amor manifestado en Kamala, con la cual terminará engendrando un hijo, y caerá en todo aquello de lo que él mismo escapaba. Se había convertido en un hombre-niño, radicado en los placeres y tareas mundanas. Con ánimo de no hacer más spoilers de esta magnífica obra literaria, concluiré con la marcha de Siddhartha de la ciudad y sus gentes, dejando atrás incluso al amor de su vida, Kamala, para adentrarse en la profundidad del bosque donde conocerá al enigmático Vasudeva, barquero que ayuda a los peregrinos a cruzar el río de una orilla a otra. Ya ancianos, Vasudeva y Siddhartha formarán una relación de autoconocimiento mutuo, en la que el río conformará un papel fundamental como interlocutor directo de la Unidad de todo lo existente, el cual Siddhartha logrará "escuchar", como siempre le advirtió Vasudeva, y con ello encontrará el ansiado nirvana.


-¿Oyes- inquirió nuevamente la mirada de Vasudeva.


Con suave brillo refulgía la sonrisa de Vasudeva, iluminando todas las arrugas de su viejo rostro como el Om se cernía sobre todas las voces del río. Clara era la luz de su sonrisa cuando miró a su amigo, y la misma sonrisa brilló también ahora con la luz clara sobre el rostro de Siddhartha . Su herida floreció, su dolor empezó a irradiar, su Yo se había fundido en la Unidad.


La novela termina siendo un ejemplo alegórico de las enseñanzas de Buda y de los últimos estudios de Jung materializados en su icónica Ley de la Sincronicidad, teniendo las primeras un carácter más apreciable en el libro de Hesse que la teoría del psiquiatra suizo, la cual sobrevuela omnipresente cada párrafo de la obra. El Karma, entendido como la afirmación de que todo lo que pensamos, decimos y hacemos tiene consecuencias; acompañará durante el paso de los años a Siddhartha de manera inexorable, siendo motivo fundamental del cambio radical de vida que experimenta cuando conoce a Kamala y, como si de un ciclo vital predestinado se tratara, cuando veinte años después la abandona sin ser consciente del hijo que lleva su amada dentro de sí.

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Carl Gustav Jung (1875-1961)

Lo que para Siddhartha termina conformando la sabiduría -la disolución del Yo en la Unidad- resulta ser materia imposible de expresarse mediante herramientas del lenguaje. Para Jung, la sabiduría consiste en la armonización de lo consciente con lo inconsciente. La misión inequívoca de la psique se trata en última instancia de esto: la superación del yo y la conquista del sí mismo -Selbst-. En el final de la novela, Siddhartha y Govinda se encuentran de nuevo en el ocaso de sus vidas, ya ancianos, y Govinda termina por darse cuenta de la "liberación espiritual" que ha experimentado su viejo amigo después de dedicarse en cuerpo y alma al río y a las "voces que de él emanaban":


(...) Sí, puedo amar una piedra, Govinda, así como un árbol y hasta un pedazo de corteza. Son cosas, y las cosas pueden ser amadas. En cambio soy incapaz de amar a las palabras. Por eso las doctrinas nada significan para mí; no tienen dureza, ni blandura, ni colores, ni cantos, ni aroma, ni sabor: no tienen más que palabras. Tal vez sea esto mismo lo que te impide encontrar la paz; tal vez sea todo este exceso de palabras. Pues también liberación y virtud, también sansara y nirvana son simples palabras, Govinda. No hay objeto alguno que sea el nirvana; solo existe la palabra nirvana.


¿Qué esto más que una profunda experiencia religiosa? Tal y como se aborda en el artículo Sobre la sociedad tribal de esta misma web -el cual dejaré al final del presente artículo para que el lector/a pueda echarle un vistazo-, se entiende aquí como religión su significado puramente terminológico, el cual proviene de la palabra latina religio: aquello que religa -es decir que une, ata- al individuo con sus semejantes y consigo mismo, profundizando en estas relaciones hasta llegar a generar una conexión ulterior. Para Jung, el alma era religiosa por naturaleza, y el olvido de esta condición original era germen de posibles neurosis en la madurez del ser humano. Declarado agnóstico y férreo crítico de las religiones dogmáticas, no dejó nunca de intentar ahondar en aquello que podemos denominar como lo inconmensurable, lo incomprensible. Podemos relacionarlo con el Demiurgo manifestado por Platón hace dos mil quinientos años, o con Alá o Dios para los musulmanes y cristianos. Jung se refería a ello como “algo que vive y permanece bajo el eterno cambio”.

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Deidad con cara de león encontrada en una gema gnóstica. Se la considera como una representación del demiurgo.

En nuestra actualidad habitamos un mundo cada vez más profano en lo que al desarrollo de la religio se refiere. Esta secularización de la relaciones, primero, de uno consigo mismo y por otro lado con nuestro semejantes, no puede provocar otra cosa que un aislamiento voluntario que se dirige, como un niño alterado hacia el precipicio, hacia un inevitable narcisismo. Con esperanza, aún siguen existiendo lugares comunes donde llevar a cabo estas "experiencias religiosas", de las cuales el individuo se nutre emocional y espiritualmente. Hasta el mayor ateo que nos podamos imaginar no podría explicar con palabras exactas la sensación de hacer el amor con la mujer u hombre amado, la escucha de una pieza musical mientras sientes escalofríos que atraviesan tu médula espinal o el gozo al visionar por primera vez a tu hijo convertido en hueso y carne.


Llegados a este punto, pienso que ya es hora de ahondar en la citada con anterioridad Ley de la Sincronicidad. Tal y como recoge en uno de sus últimos trabajos Sincronicidad como principio de conexiones acausales, Jung desmiente que vivamos en un mundo gobernado por el azar y la casualidades. Determina que todo lo que nos sucede en nuestro periplo vital "obedece a un propósito concreto", haciendo de este modo al individuo plenamente responsable de sus actos y omisiones, escapando así de cualquier tipo de victimismo que pueda asaltarle. La acaba describiendo a grandes rasgos de la siguiente manera:


(...) aunque a veces nos ocurren cosas que aparentemente no tienen nada que ver con las decisiones y las acciones que hemos tomamos en nuestro día a día, estas cosas están ahí para que aprendamos algo acerca de nosotros mismos, de nuestra manera de disfrutar la vida.

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Esquema clásico del concepto de sincronicidad

A instancias de todo lo anterior, la Sincronicidad aborda nuestro sistema de creencias al cual le otorga una relevancia más que notable al considerarlo determinante en nuestra formación, no solo de nuestra identidad sino de nuestras propias circunstancias. Como expone Borja Vilaseca en su artículo, publicado en diario El País, titulado Las casualidades no existen:


Así, los sucesos externos que forman parte de nuestra existencia suelen ser un reflejo de nuestros procesos emocionales internos. De ahí la importancia de conocernos a nosotros mismos.


La Sincronicidad encuentra mayor campo que abarcar en el conocido como inconsciente colectivo, el gran aporte a la psicología que Jung realizó durante su vida. Desde un punto de vista individual, el psiquiatra suizo defiende que la personalidad se desarrolla a partir de elementos inconscientes, mientras que en la historia de los colectivos humanos el inconsciente pugna por llegar a ser acontecimiento. Será esto último lo que acabe conformando los arquetipos, pilares del inconsciente colectivo humano, y que se transmitirán de generación a generación mediante la manifestación de estos en relatos mitológicos. Jung resulta claro al respecto: en estos asuntos el estudio del mito-relato resulta mucho más esclarecedor que cualquier trabajo científico al respecto; opinión que le conllevaría grandes descalificaciones en una era en el que el positivismo era predominante frente a un humanismo caído en desgracia. Época de la que seguimos siendo victimas a día de hoy.

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Fuente: Dr. Luis Germán Gonzalez

Descifrar el complejísimo simbolismo que entraña el inconsciente sigue siendo, después de sesenta años de la muerte de Carl Gustav Jung, una de los grandes enigmas de la humanidad. Más si cabe que el cosmos, campo en el que de llevamos como raza mayor avance respecto al estudio de la psique. Pero el camino no nos debe atemorizar, no cejar en el empeño es la semilla de todo fruto que por el paso del tiempo termina germinando. Como el personaje que creó Hesse, Siddhartha, y su trayectoria en búsqueda de la sabiduría o el Ser absoluto, alegoría convertida en nuestro presente en mito que ejemplifica una de las mayores máximas de Carl Jung: Quien mira hacia fuera sueña, quien mira hacia adentro despierta.


No puedo dar por finalizado el actual artículo sin realizar una mención especial. Este texto no hubiera surgido sin la aportación de una persona muy estimada por mí, quien con un humilde detalle precipitó toda esta verborrea. Este artículo no hubiera sido posible sin ella, y qué mayor motivo que este para dedicárselo. A mi querida Marta, mi compañera. Por el propósito que cultivas en lo más profundo de mi ser.


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