Seis días de julio de 1936

Actualizado: 3 oct 2021


Guerra Civil Española Historia Fernando Mosteiro
Imagen de la Plaza de Catalunya el 19 de Julio de 1936 en Barcelona. FUENTE: El Periódico

La historia contemporánea de España es harto intrincada, repleta de sucesos icónicos a la par que trágicos, con numerosas facciones disputándose el poder con todos los medios que fueran necesarios. Con el fin de la guerra de la independencia contra Francia y la proclamación de la constitución de 1812 en Cádiz - conocida popularmente como La Pepa - en España comienzan a generarse distintas corrientes políticas y sociales que generarán un periodo histórico sumamente inestable, en el cual podríamos hacer solo una pequeña excepción con los primeros años de la restauración borbónica, representada en las figuras de Cánovas del Castillo y de Sagasta, con sus famosos "pucherazos" electorales, que terminaría drásticamente un 14 de Abril de 1931 con la proclamación, después de unas elecciones municipales, de la II República española.


Desde que tengo uso de razón recuerdo tener un especial interés hacia esta etapa de la historia española, glorificada por muchos y denostada por otros tantos, y de la cual seguimos siendo deudores directos, aunque de una manera más dialéctica que material podría atreverme a decir. Lo lógico y coherente sería comenzar con el fin de la dictadura de Miguel Primo de Rivera, el directorio militar de Dámaso Belenguer - denominada como la dictablanda - y la proclamación de la República en las calles de las grandes ciudades del país el 14 de Abril de 1931, el primer bienio Azañista y de corte izquierdista etc. Pero, ¡qué demonios! ya que tenemos todo el tiempo del mundo para afrontar todos estos hechos históricos, me gustaría comenzar por el momento de fractura total de la convivencia social en la España de la época, trayendo al lector/a un breve análisis de los últimos días de predominancia constitucional que precedieron a la mayor de las catástrofes, tanto humanitarias como sociales y políticas, de España. Para ello tomaré de referencia el día 12 de Julio de 1936 hasta el propio 18 del mismo mes, fecha del golpe de estado fallido por parte del ejército e inicio de la Guerra Civil (1936 - 1939).


Podrá preguntarse el lector/a, con mucha razón además, ¿Por qué gozan de tanta relevancia estos últimos seis días de régimen republicano? La conjura militar se llevaba fraguando meses atrás, desde la victoria del Frente Popular en las elecciones generales de febrero de 1936, todo ello sin contar los intentos anteriores en 1932 por parte del ejercito - la llamada Sanjurjada, contra el gobierno de Azaña y su partido de gobierno Izquierda Republicana - y la Revolución de octubre de 1934, que tanto cuajó en tierras asturianas, contra el gobierno de Lerroux y los radicales, apoyados en este caso por el partido liderado por Gil Robles denominado CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas). Pero no nos vayamos por las ramas y centremos el asunto. Aunque la conjura militar era un secreto a voces durante estos meses primaverales de 1936, no sería hasta el 12 de julio cuando todo estallaría por los aires, y para explicar esto necesitamos conocer dos figuras que acabaron siendo mártires tanto de la causa republicana izquierdista como del bando nacional y sublevado: El teniente José Castillo y José Calvo Sotelo, respectivamente.

Guerra Civil II República Historia Fernando Mosteiro
El teniente Castillo (izquierda) y Calvo Sotelo (derecha)

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Portada del periódico "Ahora" de fecha 14 de Julio de 1936




José del Castillo Sáenz de Tejada fue un condecorado militar que destacó en la Guerra del Rif, méritos por los que acabó siendo promocionado hasta el grado de teniente. Una vez terminada la guerra, es destinado a la península, más concretamente al Regimiento de Infantería de Alcalá de Henares. Con la proclamación de la II República, el joven teniente comienza a adquirir una concienciación política socialista y de izquierdas, animado presuntamente por un oficial de la Guardia Civil llamado Fernando Condés, del cual hablaremos más tarde. Durante los años de gobierno republicano, José Castillo no esconderá su ideario político, siendo incluso condenado por una junta militar después de la revolución de 1934 por negarse a reprimir a los obreros sublevados. En palabras del propio Castillo, yo no tiro sobre el pueblo, actuación que le acarreará un año de prisión militar por desobediencia. Una vez cumplida su condena, su ideario político se fortalecerá y comenzará a participar de forma más activa en la vida pública.


Con la victoria del Frente Popular en febrero de 1936, el teniente Castillo pasará a formar parte de la llamada Guardia de Asalto. Este cuerpo policial fue creado en plena república como ente armado y de probada fidelidad al régimen republicano. La lealtad de gran número de sus integrantes en el golpe de estado fue fundamental para que este no saliera con éxito, y gozó de gran prestigio durante la contienda militar en todas las zonas de influencia republicana.

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Guardias de asalto del ejército republicano. Barcelona, 1936

Sería durante servicio en la Guardia de Asalto cuando Castillo acabó en el punto de mira de los colectivos paramilitares de extrema derecha, entre ellos carlistas y falangistas, debido a una intervención el 14 de abril de 1936, día del quinto aniversario de la república, por el asesinato del alférez de la Guardia Civil Anastasio de los Reyes por el abucheo recibido por un grupo de personas mientras estos desfilaban. El gobierno frente-populista trató de todas las maneras posibles de que el entierro de dicho alférez no se expusiera públicamente y se congregaran una multitud de personas durante la comitiva, hecho que no pudieron evitar, y fue durante el transcurso del paseo del féretro del guardia civil cuando colectivos relacionados con las juventudes socialistas y comunistas dispararon a los allí presentes, lo que conllevó una actuación de la Guardia de Asalto comandada por el propio teniente Castillo. Durante esta refriega fallecen varias personas, entre ellas Andrés Saénz de Heredia, primo del líder falangista José Antonio Primo de Rivera, según varias fuentes por disparos a quemarropa del propio Castillo. El joven teniente había contraído matrimonio civil el día 20 de mayo con Consuelo Morales, un mes después de los hechos que se acaban de narrar. Nada más contraer matrimonio, Consuelo había recibido un anónimo: ¿Para qué te casas con un muerto?


Después de estos sucesos, y tras ser puesto en libertad sin cargos, José Castillo fue un objetivo prioritario a eliminar por las milicias derechistas. Los ajustes de cuentas, los tiroteos callejeros entre derechistas e izquierdistas fueron más que comunes durante la II República, llegando a contabilizar por centenares las muertes por este tipo de altercados anualmente en España, llegando a su cénit en el primer semestre del año 1936.


Fue en este contexto tan caótico y violento cuando, un 12 de julio de 1936, José Castillo es tiroteado en la calle Augusto Figueroa de Madrid por cuatro pistoleros de extrema derecha. Aunque se tiene constancia de que fue alertado por militantes socialistas, entre ellos Leonor Menéndez, compañera y amiga de Castillo, el teniente no tomó medidas especiales para su protección, lo que acabó conllevando inevitablemente en su asesinato. Según Ian Gibson estos pistoleros formaban parte de los requetés carlistas, por otro lado autores como Paul Preston defiende que fueron realmente integrantes de la Falange española. Sea como fuere, esto desató un gran malestar dentro de la Guardia de Asalto y de los distintos colectivos izquierdistas, provocando de manera directa el secuestro y asesinato de José Calvo Sotelo al día siguiente, el 13 de julio de 1936, por integrantes de la propia Guardia de Asalto.


La figura de Calvo Sotelo jugó un papel más simbólico que práctico durante la II República, ya que su partido Renovación Española, de claro corte monárquico, católico, derechista y nacionalista español, nunca llegó a representar más del 3% de votos en las elecciones republicanas, pero si tuvo un gran peso ideológico y de confrontación hacia el gobierno del Frente Popular. Antiguo ministro de hacienda entre los años 1925 y 1930 durante la dictadura militar de Miguel Primo de Rivera, se exilió los dos primeros años de la república en Portugal - evitando así sus responsabilidades como ministro en dicha dictadura - para luego ser elegido diputado en las Cortes tanto en las elecciones de 1933 como en las de 1936.

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Grupo de requetés carlistas rezan un rosario en Unza, Álava. Primavera, 1937

Durante los meses que precedieron a la guerra civil desde la victoria electoral del Frente Popular, Calvo Sotelo defendió numerosas veces, tanto en público como en las Cortes, la intervención del ejército para restaurar el orden público. Claro defensor de los postulados que promulgaban que España necesitaba de un gobierno autoritario, sus postulados políticos acabaron acercándose cada vez más a los promulgados por el fascismo italiano, lo que le acabó convirtiendo en un objetivo a eliminar por parte de los grupos armados de izquierda.


Distintos miembros de la Guardia de Asalto se reunieron alrededor de la capilla ardiente del teniente Castillo clamando venganza por el asesinato. Entre los presentes se hallaba Fernando Condés, citado anteriormente, quien era amigo cercano de Castillo. Junto a él se encontraban varios militantes socialistas que pertenecían a La Motorizada, una especia de milicia de socialistas madrileños entre los que se encontraban miembros de la Guardia de Asalto. Se presupone que estos, bajo el liderazgo de Fernando Condés, decidieron tomar la justicia por su mano y se presentaron la madruga del día 13 de julio en el domicilio de José Calvo Sotelo. Nos narra de la siguiente manera Stanley G. Payne, en su libro "El colapso de la República", la detención ilegal del líder derechista:


Los guardaespaldas situados a la entrada del edificio aceptaron los carnets de identidad que les presentaron Condés y sus hombres y éstos procedieron sin estorbos hasta el piso del líder monárquico. Condés mostró a Calvo Sotelo su identificación como guardia civil y aquél pudo verificar, a través de la ventana, que frente a su edificio esperaba un camión de la Guardia de Asalto, aparcado bajo una farola. Condés le aseguró que no estaba siendo objeto de un arresto ilegal sino que, simplemente, se le llevaba en medio de la noche a una reunión de emergencia en la Dirección General de Seguridad. (...) El líder monárquico se halló sentado en el camión de la Guardia de Asalto y éste apenas había recorrido unos pocos bloques cuando uno de los militantes socialistas, Luis Cuenca, le disparó inesperadamente dos tiros en la nuca, matándolo prácticamente al instante.


Sigue el relato Alfredo Semprún en su libro "El crimen que desató la Guerra Civil":


(...) Al llegar a la confluencia de Velázquez con Alcalá, les detuvo otra camioneta de Asalto allí apostada, al mando del teniente Barbeta. Les dejó pasar y siguieron en la camioneta 17 hasta el cementerio del Este, al llegar al cual el capitán Condés, José del Rey y algunos otros se apearon, y, tras hablar breves palabras con dos guardas del cementerio, dieron orden de apear el cadáver, el que extrajeron de la camioneta entre varios y lo dejaron dentro del recinto del cementerio, bajo los cobertizos en una acera próxima a la puerta de entrada.


Tratemos de tomar contexto, dado que resulta sumamente importante para poder llegar a entender la magnitud de lo sucedido. La violencia callejera había sido un problema de orden público durante gran parte de gobierno de los distintos ejecutivos de la república, pero siempre se trataban de muertes entre los distintos militantes de uno u otro bando, a veces con daños colaterales altamente reprobables, y que se regían por la ley del Talión. Pero con Calvo Sotelo todo cambiaba: se había asesinado a unos de los líderes de la oposición. Aunque no hay indicios ni pruebas que defiendan la teoría de que el gobierno del Frente Popular se hallara inmerso en tal descalabro, si que podemos afirmar que hubo un intento de silencio mediático respecto al asesinato de Calvo Sotelo. Uno de los principales líderes del PSOE, Indalecio Prieto, fue informado al poco del acontecimiento de los hechos, con lo que llegó a manifestar gran preocupación por el asesinato - ya que era consciente de lo que este pudiera desencadenar - e hizo partícipe de esta preocupación a Santiago Casares Quiroga, de aquella presidente de la república el cual, ya fuera por inconsciencia o por vanidad, no creyó en ningún momento que este suceso pudiera fomentar y dar la puntilla final al complot que se estaba gestando en varias cúpulas del ejército.

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José Calvo Sotelo durante uno de sus discursos. FUENTE: La Vanguardia

Tal y como nos explica Alfredo Semprún en su libro anteriormente citado, la reacción de gran parte de los socialistas ante el asesinato del líder monárquico fue exclamar "esto es la guerra". Respecto a la derecha, Alfredo nos dice lo siguiente:


Del mismo modo se reaccionó en la derecha: Mola advirtió que no se

podía esperar más, «porque nos van a eliminar uno a uno a todos»; Franco vio

despejarse sus dudas, y hasta un recalcitrante carlista como Fal Conde comprendió

que sus huestes, las milicias del requeté, se alzarían con su permiso o sin él. Payne,

en una frase feliz, resume así la impresión de los futuros sublevados: «Por primera

vez parecía más peligroso no rebelarse que rebelarse».


El 14 de julio fue enterrado el cadáver de Calvo Sotelo, con la asistencia de unas treinta mil personas. Ante el féretro, cubierto por la bandera bicolor, Antonio Goicoechea - compañero de partido del recién asesinado - hace la primera declaración de guerra:


No te ofrecemos que rogaremos a Dios por ti; te pedimos a ti que ruegues a Dios por nosotros. Ante esta bandera colocada como una reliquia sobre tu pecho, ante Dios que nos oye y nos ve, empeñamos juramento solemne de consagrar nuestra vida a esta triple labor: imitar tu ejemplo, vengar tu muerte, salvar a España. Que todo es uno y lo mismo; porque salvar a España será vengar tu muerte e imitar tu ejemplo será el camino más seguro para salvar a España.

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Una miliciana anarquista en una barricada en la calle de L´Hospital en Barcelona, julio de 1936

No sería verídico afirmar que los asesinatos del teniente Castillo y de Calvo Sotelo desataron la Guerra Civil por sí mismos, pero si podemos afirmar que aceleraron los acontecimientos. Por una parte, Franco decidió unirse a los generales Mola y Yagüe en el golpe de estado, ya que con anterioridad mostró cierto rechazo a este plan por la certeza de que una parte del ejército no se sublevaría - lo que acabó siendo cierto - lo que provocaría el fracaso del golpe y abriría un futuro incierto para sus integrantes. Por otro lado, dentro del gobierno republicano pocas figuras trataron de calmar los ánimos, ya que tanto Indalecio Prieto como Largo Caballero - ambos dirigentes del PSOE - empezaron a movilizar a sus militantes, al igual que el PCE de Dolores Ibárruri La Pasionaria, instando a Santiago Casares Quiroga de que armara al pueblo. Diego Martínez Barrio, presidente de las Cortes en aquellos momentos, fue el último que trató esos días de llegar a un acuerdo con la cúpula militar rebelde pero su esfuerzo resultó inútil, tal y como se observa en la siguiente conversación telefónica que mantuvo con el general Mola el 16 de julio de 1936:


MARTÍNEZ BARRIO: En este momento, los socialistas están dispuestos a armar al

pueblo. Con ello desaparecerán la República y la democracia. Debemos pensar en

España. Hay que evitar a toda costa la guerra civil. Estoy dispuesto a ofrecerles a

ustedes, los militares, las carteras que quieran y en las condiciones que quieran.

Exigiremos responsabilidades por todo lo ocurrido hasta ahora y repararemos los

daños causados.


GENERAL MOLA: Lo que usted me propone es ya imposible. Las calles de Pamplona

están llenas de requetés. Desde mi balcón no veo más que boinas rojas. Todo el

mundo está preparado para la lucha. Si yo digo ahora a estos hombres que he

llegado a un acuerdo con usted, la primera cabeza que rueda es la mía. Y lo

mismo le ocurrirá a usted en Madrid. Ninguno de los dos podemos dominar a

nuestras masas...

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Milicianos observan el asedio del Alcázar de Toledo, septiembre de 1936.

Llegado el día 17 de julio, Franco y varios oficiales destinados en el norte de África se levantan en armas contra la república, contagiándose en los días venideros en varias guarniciones de la península. El golpe de estado resulta en fracaso, ya que los rebeldes no lograrían tomar los puntos neurálgicos de Madrid y Barcelona, sedes del poder gubernamental, lo que lleva de forma inexorable a la guerra civil que duraría casi tres años, finalizando con la victoria de los sublevados el 1 de abril de 1939. Los sucesos posteriores son ya historia, dignos de un artículo a parte que de seguro trataremos en un futuro.


A modo de conclusión, me parece justo tratar al teniente Castillo como a Calvo Sotelo como ejemplos más que icónicos de la violencia política que existió durante el periodo republicano, especialmente azuzada desde los propios líderes políticos de ambas facciones tanto en las Cortes como en actos públicos, llegando a acentuarse de manera trágica en el último año de normalidad constitucional republicana. La confrontación exacerbada, la coyuntura europea de la época con el surgimiento de movimientos autoritarios y dictatoriales y la poca fe que hubo por parte de los grandes protagonistas en el propio régimen, acabó convirtiendo a la II República en una república sin republicanos, tirando al traste lo que pudiera haber sido un periodo de derechos y libertades nunca antes visto en España.


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