El Camino de Santiago como refugio a toda vida profana

Actualizado: 28 dic 2021


Camino Santiago Ritual Filosofía Fernando Mosteiro
"Niebla en Roncesvalles", foto de Antonio Pascual ganadora del concurso Colores en el Camino (2018)

A estas alturas, y en pleno año Xacobeo, es sabido por todos el interés y éxito que el Camino de Santiago está experimentando en los últimos años hasta nuestro presente. Éxito al menos si atendemos al número de peregrinos que recibe y acoge la ciudad de Compostela, que crece de forma exponencial cada año que pasa - omitiendo este último año de pandemia, claro está -. En el día de hoy no vengo a hablaros del aumento del turismo en la ruta jacobea ni de números de peregrinos ni nada por el estilo. Resulta evidente que la publicación de numerosos libros y guías de viaje que acabaron siendo superventas en multitud de países, especial mención a la escritora surcoreana Kim Nam Hee y su libro El viaje de una mujer sola, el cual lanzó a numerosos compatriotas suyos a caminar los senderos hacia Compostela; el estreno de largometrajes ambientados en el Camino como el aclamado The Way protagonizado por Martin Sheen y el propio atractivo y belleza de los paisajes de las distintas rutas de peregrinaje son motivos más que cruciales para entender el "boom" turístico que está viviendo el Camino de Santiago.


Pero abordemos el asunto con la complejidad que se merece. En el presente artículo trataré de desentrañar lo que, a mi humilde opinión, acaba provocando que centenares de miles de personas de todas las nacionalidades se embarquen en un periplo de mil trescientos años de antigüedad, discurriendo caminos, pasos y puentes en los que a día de hoy siguen resonando los ecos de la historia. ¿Se dice que el Camino ha perdido su carácter y ritualística religiosa? Hasta cierto punto es cierto pero ¡ay amigo! en este caso si que debemos buscar los cinco pies al gato para poder llegar a entender el fenómeno en su conjunto.


Primero pongámonos en contexto. Según la tradición fue bajo el reinado de Alfonso II cuando un ermitaño descubrió la supuesta tumba del apóstol Santiago el Mayor en la actual Compostela en torno al 830 d.C, convirtiéndose con el paso de los años en uno de los centros de peregrinación más importantes de la cristiandad. Este hallazgo resultó crucial para la apertura cultural y el comercio con el resto de la Europa cristina durante toda la Edad Media, además de convertirse en una reliquia muy a tener en cuenta en el campo geopolítico por los reyes astures primero y leoneses después, ya que provocó la atención del papado de Roma hacia la península ibérica - ocupada casi en su totalidad por musulmanes desde la invasión de estos en el año 711 y su famosa victoria en la batalla de Guadalete - y de forma más concreta en aquella remota región del noroeste, lugar donde se encontraba el fin de la tierra conocida.

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Fotografía del concurso Colores en el Camino (2018)

Es en aquel momento cuando comienza a generarse un relato con sus propias características y factores, una historia compartida por multitud de pueblos que resultó ser tan potente que aún podemos notar su influencia a día de hoy. Es aquí donde quiero centrar el discurso, en el punto exacto en el que un relato como el hallazgo de la tumba de uno de los discípulos más cercanos de Cristo sigue generando, en palabras del filósofo surcoreano Byung-Chul Han, una comunidad sin comunicación. Podríamos definir este concepto como la consecuencia de la generación de una conciencia colectiva. Permanentemente se repite una gran narración que, en este caso para los peregrinos, viene a representar el mundo. Podemos entender mejor todo esto citando a Peter Nadás, que en su ensayo Cuidadosa ubicación describe una aldea, un lugar ritualmente cerrado, en cuyo centro se alza un vetusto peral silvestre. Ahora realicemos el símil de tratar a este peral como si fuera la Catedral de Santiago de Compostela. De ahora en adelante cuando me refiera al peral silvestre quiero que el lector entienda que se trata realmente de la Catedral, y cuando se hable de aldea, aldeanos o pueblo nos estaremos refiriendo a los peregrinos.


Bajo este inmenso peral el pueblo se entrega a una contemplación ritual, aprobando así el contenido colectivo de la conciencia. En palabras del propio Nadás:


Cuando la aldea hace o percibe algo, entonces ni la acción ni la percepción tienen un sujeto, una persona, es decir, las personas implicadas en la acción o en la percepción son devoradas ritualmente por la conciencia colectiva, y sus experiencias se atribuyen al nombre genérico que representa el lugar.

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Fotografía del concurso Colores en el Camino (2018)

Dentro de este discurso podemos entender la enorme importancia de los relatos e historias y hasta donde pueden llegar sus profundas raíces. Son en este tipo de relatos e historias donde el ser humano siempre ha encontrado un significado, un porqué para existir. Durante muchos siglos el ser humano occidental se nutrió de la idea de Dios como fin último de todas las cosas, incluida la razón de la existencia. Podemos ahondar en este proceso cognitivo citando un párrafo de Jordan B. Peterson en su aclamado libro 12 reglas para vivir, que dice lo siguiente:


La narración bíblica del paraíso y la caída del hombre es una historia de este tipo, es decir, una creación de nuestra imaginación colectiva forjada a lo largo de los siglos. Presenta una profunda descripción de la naturaleza del Ser y apunta a una forma de conceptualización y acción que se ajusta bien a esa naturaleza. Según la historia, en el jardín del Edén los seres humanos - antes de despertar a la consciencia de sí mismos - no conocían el pecado. Nuestros primeros ancestros, Adán y Eva, caminaban junto a Dios. Entonces, tentados por la serpiente, la primera pareja comió del árbol del conocimiento del bien y del mal, descubrió la muerte y la vulnerabilidad, y se alejó de Dios. La humanidad fue exiliada del paraíso y comenzó así su extenuante existencia mortal. Enseguida aparece la idea de sacrificio, a partir de la historia de Caín y Abel, y se desarrolla a través de las pericias de Abraham y el Éxodo. Después de largas consideraciones, la humanidad comprende entre muchos sufrimientos que, mediante un sacrificio apropiado, puede ganarse el favor de Dios y calmar su ira.


Este esfuerzo por calmar la ira de Dios, por ganarse la entrada en el reino de los cielos fue durante muchos siglos la principal herramienta para dotar de sentido y significado nuestra existencia. Pero ahora llegamos al punto crítico de la cuestión, al asunto que realmente nos atañe y del cual quiero dar habida cuenta de él: ¿Cómo podemos dotar ahora de significado a nuestra existencia en un mundo profano como el que habitamos?


No fue otro que Friedrich Nietzsche quién puso la lupa en este tema, poniendo patas arriba el pensar de su tiempo. El filósofo alemán realiza una crítica visceral durante toda su obra al cristianismo y a la Iglesia, culpando a esta última de haber confiscado toda responsabilidad moral a los seguidores de Cristo. El psiquiatra Carl Gustav Jung señalaría más tarde que la gran problemática del catolicismo fue la omisión en la voluntad de encarnar el arquetipo de Cristo entre sus seguidores, de vestir con carne el modelo eterno. Volviendo a Nietzsche, en su obra La gaya ciencia resume con una claridad pasmosa la problemática que estamos tratando:


Dios ha muerto. Dios sigue muerto. Y nosotros lo hemos matado. ¿Cómo podríamos reconfortarnos, los asesinos de todos los asesinos? El más santo y el más poderoso que el mundo ha poseído se ha desangrado bajo nuestros cuchillos: ¿Quién limpiará esta sangre de nosotros? ¿Qué agua nos limpiará? ¿Qué rito expiatorio, qué juegos sagrados deberíamos inventar? ¿No es la grandeza de este hecho demasiado grande para nosotros? ¿Debemos aparecer dignos de ella?

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Fotografía del concurso Colores en el Camino (2018)

La ausencia de relatos, de grandes historias, confunde y convierte al ser humano en un ciego existencial, sujeto proclive a caer en el mayor de los abismos: el nihilismo. Llegados a este punto, podemos afirmar que necesitamos de forma imperiosa sustentarnos en grandes narrativas, adherirnos a relatos que nos otorguen cobijo. Hemos constatado la muerte de Dios y con ello un cambio paradigmático de era, se ha intentado relegar por movimientos de masas característicos de la primera mitad del siglo XX como el fascismo o el comunismo, dando buena cuenta, a raíz de los hechos de sobra conocidos por todos, de que no resultan opciones deseables en ninguno de los casos. En un mundo globalizado que se caracteriza por mostrar un avanzado proceso de atomización e individualismo salvaje, el espacio para la ritualística y la experiencia con lo divino parece brillar por su ausencia. En La desaparición de los rituales Byung-Chul Han hace hincapié en este asunto:


Con el exceso de apertura y de eliminación de las fronteras que impera en el presente vamos perdiendo la capacidad de cerrar que habíamos aprendido. A causa de ellos la vida se vuelve meramente aditiva. (...) Si se priva a la vida de toda posibilidad de ser finalizada, entonces acaba a destiempo. Incluso la percepción es hoy incapaz de clausurar nada, pues se apresura de una sensación a la siguiente. Solo un demorarse contemplativo es capaz de clausurar. (...) La enorme afluencia de imágenes e informaciones hace imposible cerrar los ojos. Sin la negatividad del cierre se produce una inacabable adición y acumulación de lo igual, una desmesura de positividad, una proliferación adiposa de información y comunicación. En espacios donde hay infinitas posibilidades de conexión no es posible ninguna finalización.


Ya no disponemos de ritos de cierre, solo nos disponemos una y otra vez a comenzar nuevas relaciones, nuevos hábitos, como si un depredador fuéramos. Nos aterra profundamente finalizar lo hecho, ya que algo que está terminado en sí mismo acaba siendo un objeto independiente del yo, conformando al individuo como un narcisista. Por eso el sujeto evita finalizar nada.


Es aquí donde quiero romper una lanza a favor de uno de los relatos que, con los inevitables cambios que ha experimentado durante el paso de los siglos, sigue siendo una herencia valiosísima que nos han legado nuestros antepasados. El Camino de Santiago goza de una fama más que boyante porque es lo que necesitamos, a lo que el humano radica, es un lugar donde el individuo atomizado se encuentra bajo el cobijo de la historia que los senderos que camina le cuentan. El sujeto se siente parte de una gran narración que no tiene fin en si misma, porque sigue existiendo y perdurará en el tiempo, pero que si que cuenta con un marcado rito de cierre: la llegada a la majestuosa Praza do Obradoiro.


El Camino de Santiago conforma una de las mejores psicoterapias que a día de un hoy un ser humano puede experimentar. Nos muestra un objetivo sencillo pero titánico a la vez, debes partir de un punto A y llegar al punto B. Lo que encontremos entre medias de ambos puntos ya no depende del yo, pero si del nosotros. De la comunidad que habita una de las narraciones más humanas y mágicas que se pueden vivenciar, que inevitablemente acaba siendo un bálsamo y un refugio para toda vida profana. Y si, lo único que tenemos que hacer es caminar nuestro particular periplo hacia este vetusto peral silvestre y alimentarnos de las eternas historias que lo habitan.

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