La ansiada búsqueda de El Dorado por Francisco de Orellana


Orellana El Dorado Historia Fernando Mosteiro
Mapa del Amazonas en el atlas de Joan Martines, de 1587

A todo aquel que su curiosidad le lleve a enfrascarse en viajes e historias de épocas pasadas conoce que, en la gran mayoría de los casos, la realidad suele superar a la ficción. Todo relato que cualquier ser humano pueda crear en su mente para el regocijo de sus semejantes, ya sea en forma de novela o canción, nunca poseerá la fuerza y magnetismo de aquellos que habitaron y experimentaron epopeyas que acabaron por introducirles en los anales de la historia. Puedo caer en la tentación de pecar de exagerado hacia mi estimado lector/a, pero animo a este último a que lea -y con ello recreé en sus propias carnes- hasta el final del presente artículo para comprobar que hay fundamentos detrás de la anterior afirmación. En el día de hoy nos sumergiremos en una de las expediciones más indómitas de la historia universal encabezada por la figura de Francisco de Orellana, que con solo varias decenas de compañeros de armas lograrían navegar los más de siete mil kilómetros de longitud del mayor río del planeta en búsqueda del ansiado País de la Canela y la mítica ciudad de El Dorado: el Amazonas.


Antes de meternos de lleno en este inaudito periplo, debemos conocer un poco más a fondo la figura que lo protagonizó y lideró. Francisco de Orellana nació en Trujillo, famosa localidad extremeña y cuna de numerosos conquistadores españoles, en el año 1511. Creció en una familia hidalga y emparentada con el linaje de los Pizarro, siendo primo directo tanto de Francisco como de Gonzalo Pizarro. Con tan solo dieciséis años, y motivado por las numerosas historias que llegaban del Nuevo Mundo, se embarcó hacia la actual Nicaragua. En los años venideros formó parte de las huestes de su familiar Francisco Pizarro durante las campañas de conquista del Imperio Inca, afincado en Perú, conflictos donde llegaría a perder un ojo contra los indios manabíes, recibiendo así el apodo de "El Tuerto" entre la tropa. Como podemos observar, no se requería de mucho ingenio para poder otorgar un mote al oficial al mando. Según los cronistas de la época antes de cumplir los treinta años, Orellana había tomado parte en la colonización del Perú, había fundado la ciudad de Santiago de Guayaquil y amasó una ingente fortuna.

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Francisco de Orellana, 1511 - 1546

Aunque destacó en lo que a dotes militares se refiere, Francisco de Orellana también cultivaba otras inquietudes intelectuales. Sabía hablar y escribir tanto en francés como en latín, y durante su gobierno de la provincia de la Culata, en la costa de la actual Ecuador, comenzó a estudiar las distintas lenguas indígenas de la zona para conocer de forma más concienzuda a las gentes de aquellas inhóspitas tierras. Dedicado labores de gobierno y ordenanza durante un tiempo, a Orellana le ofrecieron embarcarse en una nueva aventura ideada y promovida por su primo Gonzalo Pizarro. El pequeño de los hermanos Pizarro seguramente se hallara deseoso de emular a su hermano, Francisco, y lograr tanto para beneficio personal como para la corona nuevos territorios y suculentos botines al oriente de las actuales Perú y Ecuador. A los recién llegados españoles le abordaron numerosas historias y rumores por parte de los indígenas de aquellas zonas de que al oriente se encontraba el denominado País de la Canela, que como su mismo nombre indica contenía altos recursos de esta especia tan cotizada en la época, además de la ya conocida quimera de la ciudad de El Dorado.

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Algunos indios con los que se encontró la expedición de Orellana se adornaban con patenas, ajorcas y orejeras de oro. En la imagen, orejón o noble inca de oro. Museo de América, Madrid

Se encuentran numerosas fuentes que intentan explicar el surgimiento de este mito, entre las que destacaré una de las más comúnmente aceptadas que resulta ser la firmada por Juan Rodríguez Freyle, en la que defiende que la ceremonia del indio dorado de la laguna de Guatavita fue la que probablemente dio origen a la leyenda del mítico reino. Se decía que en aquel lugar el gobernante cubría de resina todo su cuerpo para poder esparcirse acto seguido oro en polvo sobre el mismo, con el fin de lanzar después a la laguna numerosos objetos de oro y esmeraldas como ofrendas . Así recoge Juan Rodríguez Freyle, en su obra El Carnero. Conquista y descubrimiento del Nuevo Reino de Granada, este rito:


En aquella laguna de Guatavita se hacía una gran balsa de juncos, y aderezábanla lo más vistoso que podían… A este tiempo estaba toda la laguna coronada de indios y encendida por toda la circunferencia, los indios e indias todos coronados de oro, plumas y chagualas… Desnudaban al heredero (...) y lo untaban con una liga pegajosa, y rociaban todo con oro en polvo, de manera que iba todo cubierto de ese metal. Metíanlo en la balsa, en la cual iba parado, y a los pies le ponían un gran montón de oro y esmeraldas para que ofreciese a su dios. Entraban con él en la barca cuatro caciques, los más principales, aderezados de plumería, coronas, brazaletes, chagualas y orejeras de oro, y también desnudos… Hacía el indio dorado su ofrecimiento echando todo el oro y esmeraldas que llevaba a los pies en medio de la laguna, seguíanse luego los demás caciques que le acompañaban. Concluida la ceremonia batían las banderas... Y partiendo la balsa a la tierra comenzaban la grita... Con corros de bailes y danzas a su modo. Con la cual ceremonia quedaba reconocido el nuevo electo por señor y príncipe.


Con el revoloteo continuo entre las guarniciones españolas de estas historias sobre lugares repletos de riquezas a la espera de ser encontradas, el hermano pequeño del conquistador del Perú, Gonzalo Pizarro, estaba decidido a encontrar la gloria en el descubrimiento de aquel fructífero País de la Canela y, con ese mismo propósito, salió de Quito en febrero de 1541 al frente de 220 españoles y 4.000 indígenas. Por su parte, Orellana intentó reunirse con él después de terminar asuntos de gobernanza en Guayaquil, pero al llegar a la capital tuvo conocimiento de que Gonzalo ya había partido, recogiendo el encargo de que siguiera sus pasos lo antes posible. Orellana procedió raudamente a juntarse con su primo al frente de veintitrés soldados y un nutrido grupo de caballos para apoyar la expedición, pero tenían primero ante sí el desafío de cruzar los Andes. Atravesaron angostos senderos bajo el viento gélido y las bajas temperaturas que la cordillera les guardaba, momentos críticos donde se notificaron los primeros fallecidos de la expedición. Una vez empezaron a descender se encontraron de bruces con un calor tórrido y una atmósfera asfixiante. La selva tropical se derramaba hasta donde la vista terminaba en el horizonte.


A mediados de marzo de 1541, Orellana llega al campamento de Pizarro situado en el valle de Zumaco, lugar donde sería nombrado lugarteniente de la expedición. En su asentamiento en el valle de Zumaco, Pizarro tuvo varios encontronazos con indígenas locales. a los cuales terminó dominando por la fuerza e inquiriéndoles que le informaran del paradero de El Dorado y el País de la Canela. Según nos relata el cronista Cieza de León, Gonzalo Pizarro estaba enfadado porque los indios no le habían dado la respuesta que él quería. Continuó preguntando sobre otras cuestiones, pero siempre respondían negativamente. Creyendo el líder de la expedición que le ocultaban información, sometió a terribles torturas a aquellos indígenas, los cuales para evitar mayor sufrimiento y la marcha de las huestes españolas le indicaban que todas aquellas riquezas se encontraban al este, lo que dotó de esperanza a la tan maltrecha expedición. A continuación traigo al lector/a el mapa más importante de todo el artículo, al que animo que durante la lectura del mismo se vuelva de vez en cuando para poder ubicar a nuestros protagonistas durante el transcurso de su periplo y poder, así, darnos una idea de la magnitud de la empresa que acometieron.

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Travesía de la expedición de Orellana con distintos puntos cruciales resaltados. Fuente: Wikipedia Images

Prosiguiendo con la crónica de esta aventura, debemos recalcar la dureza y las adversidades tanto geográficas como climáticas del terreno en el que se encontraban. Además, la presencia de numerosos insectos, entre ellos los molestos mosquitos amazónicos, y de reptiles de toda índole, desde serpientes venenosas a caimanes de río. Dadas las circunstancias, Gonzalo Pizarro decidió construir una embarcación para poder contar con una avanzadilla que pudiera avistar poblados indígenas y, por ende, alimentos. El 11 de noviembre, el barco, bautizado como San Pedro, está cargado y listo para partir. Los expedicionarios continúan la marcha, unos por tierra y los otros por el río. Como el barco va más rápido, al final de la jornada su tripulación espera a los compañeros, levantando el campamento a la orilla o aprovechando alguna aldea india donde se apoderan de la comida que encuentran. Pero las poblaciones comienzan a escasear río abajo y la selva se hace más densa. Es un avance lento y agotador. Apenas hay comida. Tras una semana de navegación llegan a un punto en el que el río Coca desemboca en otro mucho más ancho y caudaloso y de aguas más templadas que las del Coca, el río Napo. Avanzan durante cuarenta y tres días pero la situación se torna cada vez más insostenible.


Llegados a este punto Gonzalo Pizarro toma una decisión que a la postre se tomará como crucial. Pizarro decide dar a Orellana el mando de cincuenta y siete hombres y la embarcación para que navegue por el Napo, uno de los afluentes del Amazonas. Tenía la misión de encontrar alimentos y volver lo antes posible junto con sus compañeros. Lo que aún no sabía es que su primo y lugarteniente de la expedición nunca volvería. Entre el pequeño grupo que lideraba Orellana se encontraba el misionero dominico Fray Gaspar de Carvajal, cronista del periplo de Orellana y sus hombres navegando lo que a la postre resultó ser, aunque no lo conocieran de aquella, el río más grande del mundo. todos estos hechos se encuentran recopilados en su obra Relación del nuevo descubrimiento del famoso río Grande que descubrió por muy gran ventura el capitán Francisco de Orellana, la cual conforma la principal bibliografía para este artículo. Este texto resultaría crucial para la posterior defensa de Francisco de Orellana ante las acusaciones de su primo de traición, asunto que abordaremos más adelante.


Nos encontramos conque un pequeño contingente de cincuenta y siete hombres, embarcados en la nave San Pedro, comienzan a descender por el río Napo, afluente del Amazonas, en busca de alimentos para la expedición. Según nos cuenta Gaspar de Carvajal, la corriente discurría con tal fuerza que resultó imposible dar media vuelta a los pocos días de emprender camino río abajo, así pues no quedó otra posibilidad que seguir el transcurso del mismo y llegar, con suerte, a desembocar más pronto que tarde en el océano Atlántico. Por otro lado, al paso de varias semanas sin tener noticias de Orellana y con sus tropas al borde de la inanición, Gonzalo Pizarro emprende la retirada a Quito. Durante el viaje de retorno perdió gran parte de sus hombres y pasó las más inimaginables penalidades, entrando al fin en la ciudad de Quito en junio de 1542, descalzos, medio desnudos y cubiertos de numerosas heridas, según relata el cronista Cieza de León.

Francisco Pizarro Orellana Amazonas Historia Fernando Mosteiro
Gonzalo Pizarro, 1511-1548, fue el hermano menor de Francisco Pizarro (y bastardo como él), a quien acompañó en su expedición al Imperio Inca en 1531

Por otro lado, Francisco de Orellana y sus hombres se separan de Gonzalo Pizarro y el resto de la expedición el día 26 de diciembre de 1541, comenzando así su aventura que les depararía incontables penurias y ansiada gloria. De la siguiente manera nos lo transmite Fray Gaspar de Carvajal:


Y así, el capitán Orellana tomó consigo 57 hombres, con los cuales se metió en el barco ya dicho y en ciertas canoas que a los indios se habían tomado y comenzó a seguir su río abajo con propósito de luego dar la vuelta, si comida se hallase; lo cual salió al contrario de cómo todos pensábamos, porque no hallamos comida en doscientas leguas (…) El segundo día que salimos y nos apartamos de nuestros compañeros nos hubiéramos de perder en medio del río (…) y luego comenzamos nuestro camino con muy gran prisa; y como el río corría mucho, andábamos a veinte y a veinte y cinco leguas, porque ya el río iba crecido y aumentando así, por causa de otros muchos que entraban por la mano diestra hacia el sur. (…) Viendo que nos habíamos alejado de donde nuestros compañeros habían quedado y que se nos había acabado lo poco que de comer traíamos (…) púsose en plática entre el Capitán y los compañeros la dificultad, y la vuelta, y la falta de comida (…) pero en confianza que no podíamos estar lejos, acordamos de pasar adelante, y esto no con poco trabajo de todos, y como otro ni otro día no se hallase comida ni señal de población, con parecer del Capitán, dije yo una misa, como se dice en la mar (…) porque aunque quisiéramos volver agua arriba no era posible por la gran corriente, pues tentar de ir por tierra era imposible: de manera que estábamos en gran peligro de muerte a cabsa de la gran hambre que padecimos; y así (…) acordose que eligiésemos de dos males el que al Capitán y a todos pareciese menor, que fue ir adelante y seguir el río o morir o ver lo que en él había (…) y entre tanto, a falta de otros mantenimientos, vinimos a tan gran necesidad que no comíamos sino cueros, cintas y suelas de zapatos cocidos con algunas hierbas…


A modo de milagro podemos decir que el día de año nuevo de 1542, Orellana y sus hombres escucharon tambores que provenían de la selva que les rodeaba. Esto solo podía significar una cosa: poblaciones indígenas. El gran dilema de ahora en adelante sería conocer si le serían pacíficas u hostiles. En este caso se encontraban en el territorio de los Aparía -nombre del cacique del lugar y del poblado-. Orellana decide aprovechar la colaboración amistosa de los indios del lugar y construir otro bergantín de más porte, mientras recibe comida y transmite la causa de su venida, hablarles de parte de Su Majestad y por supuesto de la palabra de Dios que traen. Es importante en este momento no desviar el fin mismo de cualquier expedición de aquella época, que no era otro que tomar estos nuevos territorios en nombre de la Corona española y evangelizar a los habitantes de aquellos parajes perdidos de la mano de Dios.


En territorio de los Aparía es donde comienzan a escuchar historias sobre una poderosa tribu de mujeres guerreras y de sus riquezas que se encontraban siguiendo el transcurso del río. Orellana decide construir un nuevo bergantín, como señalamos con anterioridad, aprovechando que entre su contingente se encontraba un tal Diego Mejías que, si bien no conocía de barcos, al menos organiza convenientemente el trabajo. Todos colaboran y de nuevo parece que la suerte está de su parte. Han elegido el mejor lugar para detenerse a construir la embarcación ya que los indios locales les ayudan, les proveen abundantemente de alimentos y pueden terminar en treinta y cinco días el bergantín, al que ponen por nombre Victoria. Sin cejar en el empeño de poder encontrar el delta del inmenso río que navegaban y al dejar atrás la tierra de los Aparía, su hasta el momento "buena suerte" comienza a su fin, dado que después de largas jornadas vuelven a encontrar con leguas y leguas de terrenos despoblados y el hambre vuelve a surgir entre la tripulación. El hecho de empezar a encontrarse con el paso de los días con nuevos indígenas que en este caso les reciben de forma hostil, no hará más que complicar las cosas. En las provincias de Machíparo y de Omaga (u Omagua, animo de nuevo al lector/a a revisar de nuevo el mapa de la expedición facilitado con anterioridad para ubicarse), los feroces indígenas les reciben en pie de guerra, con tambores y trompetas para animarse en la lucha.

Durante transcurrían por los territorios de estas tribus hostiles el río crecía en anchura, lo que facilitaba la defensa de los españoles al poder navegar lejos de las orillas, aunque esto conllevara inevitablemente una falta de alimentos cada vez más acuciante. Desde la embarcación logran vislumbrar enormes aldeas bien organizadas que maravillan a los españoles, a pesar de que no pueden parar en ellas por el peligro que suponían los indios de la zona. Son tierras de poblaciones muy grandes y ricas, pero el prudente Orellana decide pasar de largo y, en sus propias palabras, por ser los pueblos tantos y tan grandes y haber gente. Llegado cierto momento, y ante la desesperación que el hambre puede llegar a producir en los hombres, desembarca cerca de una aldea pequeña con la que entabla un combate encarnizado contra sus habitantes. Saliendo victoriosos de la batalla encuentran una gran cantidad de comida, pero sobre todo descubren algo que les sorprende enormemente: loza vidriada y esmaltada, de todos los colores. Deciden llamar a la aldea el pueblo de la loza. Si revisamos el mapa anterior podemos observar que se encuentran justo en el propio corazón del Amazonas, a medio camino de llegar al Atlántico, dato que, sobra decir, desconocían; creyendo que el delta del río se encontraba cerca por la enorme anchura del mismo y la fuerza de sus corrientes.


Siguiendo el viaje no cesan los descubrimientos magníficos de los que este pequeño grupo de hombres son testigos directos. Carvajal ha dejado noticia de algunos notables, como el del río Negro, cuya descripción es la siguiente:


(…) vimos una boca de otro río grande a la mano siniestra, que entraba en el que nosotros navegábamos, el agua del cual era negra como tinta, y por esto le pusimos el nombre del Río Negro, el cual corría tanto y con tanta ferocidad que en más de veinte leguas hacía raya en la otra agua sin revolver la una con la otra.

Rio Negro Amazonas Historia Orellana Fernando Mosteiro
Desembocadura del Rio Negro en el Amazonas

Poco a poco se van adentrando en los territorios tributarios de las amazonas. A esta altura del río reciben noticias por parte de una indígena local de la existencia de un grupo de cristianos que se encuentran en un poblado no muy lejano, probablemente supervivientes de la expedición de Diego de Ordás en 1531. Orellana parece no darle importancia a este hecho, muy seguramente debido a las penurias que estaban sufriendo y al peligro mortal de adentrarse en la espesa selva, y decide continuar la travesía argumentando lo siguiente:


(…) pero como nosotros no éramos parte, acordamos de pasar adelante, que para los sacar de donde estaban su tiempo vendrá.


Otra de las noticias de las que da aviso esta india a Orellana y sus hombres es de la confirmación de la existencia de la poderosa tribu de las amazonas, con las cuales acabarían entablando combate con posterioridad. Gaspar de Carvajal describe a estas guerreras de la siguiente manera:


Estas mujeres son muy blancas y altas, y tienen muy largo el cabello y entrenzado y revuelto a la cabeza; y son muy membrudas y andan desnudas en cueros, tapadas sus vergüenzas con sus arcos y flechas en las manos, haciendo tanta guerra como diez indios; y en verdad que hubo mujer de estas que metió un palmo de flecha por uno de los bergantines, y otras que menos, que parecían nuestros bergantines puerco espín.

Amazonas Orellana Historia Fernando Mosteiro
Relieve de una amazona en una antigua vasija griega. El mito de las amazonas era conocido desde los relatos mitológicos de la antigua Grecia

El monje dominico nos relatará en su crónica del viaje cómo Orellana se interesa por la forma de vida de estas mujeres, preguntándole a uno de los indios que le acompañaban en la expedición. Pido disculpas al lector/a por si puede causar cierto hastío tantas citas, pero me parecen de especial relevancia por resultar tan únicas como increíbles. El indio contaría lo siguiente a Orellana, tal y como nos cuenta Gaspar de Carvajal:


El Capitán le preguntó si estas mujeres eran casadas: el indio dijo que no. El Capitán le preguntó que de qué manera viven: el indio respondió que, como dicho tiene, estaban la tierra adentro, y que él había estado muchas veces allá y había visto su trato y vivienda, que como su vasallo iba a llevar el tributo cuando el señor lo enviaba. El Capitán preguntó si estas mujeres eran muchas: el indio dijo que sí, y que él sabía por nombre setenta pueblos, y contolos delante de los que allí estábamos, y que en algunos había estado. (…) El capitán le preguntó si estas mujeres parían: el indio dijo que sí. El capitán le dijo que cómo no siendo casadas, ni residía hombre entre ellas, se empreñaban: él dijo que estas indias participan con indios en tiempos y cuando les viene aquella gana juntan mucha copia de gente de guerra y van a dar guerra a un muy gran señor que reside y tiene su tierra junto a la destas mujeres y por fuerza los traen a sus tierras y tienen consigo aquel tiempo que se les antoja, y después que se hayan preñadas les tornan a enviar a su tierra sin les hacer otro mal: y después, cuando viene el tiempo que han de parir, que si paren hijo le matan y le envían a sus padres, y si hija, la crían con muy gran solemnidad y la imponen en las cosas de la guerra. Dijo más, que entre todas estas mujeres hay una señora que subjeta y tiene todas las demás debajo de su mano y jurisdicción, la cual señora se llama Coñorí (…).


Una vez entablan combate con esta tribu de mujeres guerreras, que acabarían dando nombre al mismo río que llevaban meses navegando, y logran escapar no sin antes sufrir bajas entre la tripulación, siguen avanzando hacia la desembocadura de este "mar de agua dulce"-mientras se cruzan con nuevas tribus beligerantes, las cuales terminan siendo caníbales y utilizan veneno en sus flechas-. Con el ánimo por los suelos por los durísimos padecimientos que llevan sufriendo desde el inicio de la travesía, de repente les llega la esperanza en forma de mareas, una prueba de que no se encuentran muy lejos del mar. No saben todavía que en el Amazonas las mareas se dejan sentir hasta doscientos kilómetros río adentro y que les queda aún el último laberinto que atravesar: el de las islas que forman la desembocadura del Amazonas.

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Desembocadura del río Amazonas y la isla de Marajó. Fuente: Wikipedia/CC.

A partir de este punto la navegación se hace enormemente difícil. Orellana tiene que emplear todo su ingenio y capacidad de liderazgo para conseguir atravesar estas tierras en las que una y otra vez encallan los ya maltrechos bergantines. Al saberse cerca del océano, comienzan a recolectar todos los víveres y agua dulce que pueden y, sin saber a qué altura del Atlántico saldrían, se encomendaron a Dios:


Desta manera nos pusimos a punto de navegar por la mar por donde la ventura nos guiase y echase, porque nosotros no teníamos piloto, ni aguja, ni carta ninguna de navegar, y ni sabíamos porqué parte o a que cabo habíamos de echar.


En torno al 26 de agosto de 1542, los bergantines San Pedro y Victoria salen al océano por una de las numerosas bocas en las que el Amazonas descarga su caudal en el Atlántico. Navegando rumbo norte, con la esperanza de encontrar territorio amigo, el 11 de septiembre de 1542 Orellana, el Padre Carvajal y el resto de los supervivientes llegan a la ciudad de Nueva Cádiz en la isla de Cubagua. Sin quererlo ni saberlo, se convierten en los primeros seres humanos en cruzar de oeste a este, desde las orillas del Pacífico a las del Atlántico, el continente americano.


Las noticias de la gesta de Orellana y sus nombres correrían como la pólvora por toda la américa hispana, llegando incluso a la corte de Carlos V en España. Fue en este momento cuando Gonzalo Pizarro acusó a su primo de alta traición, el cual fue juzgado y declarado inocente en Castilla. Durante su vuelta a la península ibérica, Francisco de Orellana se enamoraría y se casaría con Ana de Ayala, hija de un armero de la ciudad de Sevilla. Juntos, volverían a explorar los lindes del río Amazonas con el fin de colonizar aquellas tierras y evangelizar a sus gentes. Siendo esta expedición un cúmulo de infortunios, Francisco de Orellana encontraría la muerte por unas fiebres entre los brazos de su amada esposa cerca de la actual Santarem, al pie de un árbol junto a aquel majestuoso río que había descubierto años atrás.


Difícilmente podía prever el explorador extremeño que los europeos tardarían casi un siglo más en volver a intentar la ocupación del Amazonas.

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